Roberto Lavagna: “Ajustar la deuda creó las condiciones para que la economía empiece a arrancar”
El ex ministro de Economía mantuvo una extensa entrevista para el podcast En la Mira, del Centro de Estudios DEMOS, donde ofreció una serie de reflexiones que ayudan a pensar el pasado, el presente y el futuro de la Argentina.

“Hay momentos en los cuales el ingreso de capitales es el problema, no el egreso”.
“Hacer buena política económica es permanentemente estar dispuesto a la ortodoxia o la heterodoxia”. “Ajustar la deuda creó las condiciones para que la economía empiece a arrancar”.
Esos son algunos de los conceptos más importantes brindados por el ex ministro de Economía de la Nación, Roberto Lavagna, en la extensa entrevista que mantuvo con Mariano Cuvertino e Ignacio Trucco para el podcast En la Mira, del Centro de Estudios DEMOS.
Economista, diplomático, docente y autor de siete libros sobre la historia reciente de la Argentina, Lavagna repasó con DEMOS las principales medidas que tomó durante su gestión al frente del Ministerio de Economía, entre 2002 y 2005, entre las que se destacan como hitos la reestructuración de la deuda externa y la cancelación de los compromisos con el FMI.
A continuación, reproducimos algunos de los fragmentos más importantes de la entrevista.
—Queremos introducir un concepto que se lo escuchamos públicamente: el concepto del des-desarrollo. ¿Cómo podemos profundizar ese concepto?
—Lo normal es hablar de países desarrollados y países subdesarrollados, que de manera elegante se les dice en vías de desarrollo. Yo creo que hay otra categoría adicional, que son los países que en algún momento de su historia han adquirido un cierto nivel de desarrollo con una cierta estructura productiva, una cierta estructura ocupacional que se corresponde con esa estructura productiva, y que en algún momento pasan por una etapa inicial, que es la de bajar la tasa de crecimiento, pierden dinamismo y empiezan a retroceder, empiezan a desarmar parte de la estructura productiva.
Eso es lo que yo llamo un proceso de des-desarrollo, que obviamente es mucho más reconocible, yo diría, dentro del mundo de los países en desarrollo, pero que también vale para países desarrollados. Si ustedes miran Europa, Europa ha tenido un proceso de des-desarrollo. Ni Alemania, ni Francia, ni Gran Bretaña, por hablar de los países mayores de Europa, han hecho más compleja, más desarrollada, más resiliente, más resistente a los vaivenes de la economía internacional, sino que al revés, se han ido concentrando en determinado tipo de actividades y han ido renunciando, sobre todo a parte de su estructura de carácter estrictamente industrial.
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—Estados Unidos también podría tener alguna consideración en ese sentido.
—Sí, también, pero creo que todavía las distancias son grandes...
—Quizás algunas regiones en particular que han entrado en crisis.
—Hay regiones que sí, efectivamente, pero eso no sería tan grave porque tiene que ver con cambios tecnológicos. El problema es cuando el conjunto tiende a achicarse, a hacerse más sencillo, en términos de producción, en términos de estructura ocupacional, en términos de ciencia y tecnología. Porque el sector industrial es un sector que naturalmente genera y arrastra, en el buen sentido de la palabra, el desarrollo tecnológico, y se empieza a retroceder.
—Normalmente uno tiene una visión relativamente lineal, donde esas declinaciones no aparecen como una posibilidad.
—Así es. Hasta ahora son dos categorías. Están los países desarrollados y están los países en desarrollo, que, como están en desarrollo, algún día llegarán a ser desarrollados. Lamentablemente hay una circunstancia en la cual, aún antes de llegar a ser desarrollados, empiezan un proceso de des-desarrollo. Eso tiene mucho que ver, por supuesto, con decisiones de orden político.
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—En las últimas cinco décadas la Argentina intentó apreciar el tipo de cambio con una estrategia deliberada o por incapacidad. Pero en su caso, entre 2002 y 2005, una de las características fue tener un tipo de cambio competitivo y estable. Obviamente no es una decisión mágica, requiere un trabajo muy importante y requiere una estructura institucional. ¿Qué implica una estrategia de política económica en ese sentido?
—Esa estrategia, por supuesto, tiene exigencias. Por ejemplo, el sector financiero presiona permanentemente buscando cobrar las deudas que quedaron de gobiernos anteriores, para poder seguir colocando deudas o créditos a tasas elevadas. Hay momentos en los cuales el ingreso de capitales es el problema, no el egreso.
Ahí hay que tener la decisión que nosotros tuvimos en aquel momento de ponerle restricción no al egreso, sino al ingreso de capitales. Sobre todo cuando son capitales de tipo especulativo; cuando son capitales dirigidos a la inversión, a lo que se llama Greenfield, eso no tenía ninguna restricción.
A los que eran puramente financieros, se les pusieron restricciones y no de las que requieren pasar por alguna ventanilla burocrática. Eran generalizadas. Quien quiera entrar tiene que dejar los capitales depositados en un banco durante un año y correr los riesgos en pesos. Eso hay que hacerlo porque, en determinado momento, la recuperación de 2002 y 2003 fue tan fuerte, con niveles de 9% de crecimiento por año, que empezó a haber atracción de capitales, pero de tipo básicamente financiero. Y por eso se tomó la decisión, cosa que a nivel internacional sonó como una herejía. A veces hay que hacer herejías.
Hacer buena política económica es permanentemente estar dispuesto a la ortodoxia o la heterodoxia. Uno tiene que tratar de ubicar con claridad cuándo tiene que hacer una cosa y cuándo tiene que hacer la otra.
—Y algunas de esas herejías son las que poco tiempo después, con la crisis financiera mundial de 2008 y 2009, países del primer mundo también llevaron adelante.
—Por supuesto, vayan a preguntarles. Sentados en una mesa decidieron qué banco quebraba y lo dejaban quebrar y a quién lo hacían absorber. Y pusieron enormes masas de dinero en Estados Unidos y en Europa también, pero sobre todo en Estados Unidos. Enormes masas de dinero en la intervención estatal para evitar una quiebra generalizada.
Esa fue una súper herejía y era correcto que hubiera una herejía en ese momento y que nadie se altere. Ahora, generalmente, cuando se hace desde un país en desarrollo, estas cosas generan sus consecuencias, pero hay que asumirlas. Cuando yo asumí, el tipo de cambio era de 1 a 4. Eso era un exceso. Estaba sobre expandido fruto de la crisis. Era lógico un tipo de cambio un poco más bajo, pero nos habíamos fijado que de ninguna manera podíamos dejar que bajara. Lo máximo que podía hacer era tocar 2,8 o 3. Y si había estos ingresos de capitales de corto plazo y especulativos, había que impedir que entraran.
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—Se suele argumentar que los tipos de cambios altos, competitivos y estables pueden generar inflación en función de que están orientados al mercado interno para generar un exceso de demanda. Y sin embargo, los tipos de cambio apreciados fueron los que dieron como resultado hiperinflaciones o saltos inflacionarios. ¿Cómo resistieron ese aspecto en aquel momento?
—Lo que pasa es que estamos hablando sólo del tipo de cambio, que ha sido muy dominante y por algo hablamos de eso. Pero al mismo tiempo hay que hablar de la cuestión fiscal. El que crea que la cuestión fiscal no tiene importancia, se equivoca.
—Por eso en ese momento fueron muy importantes los superávits gemelos.
—Nosotros tuvimos el superávit fiscal más importante de los últimos 80 años y sin recurrir a privatizaciones. Llegamos a tener 4,5 puntos de superávit fiscal, habiendo empezado con un déficit del 3%. Es decir, la crisis del gobierno de (Fernando) De la Rúa dejó un déficit del orden del 3% y se llegó a tener 4,5 de superávit. Eso significa 7,5 puntos que se dan vuelta y tuvo que ver con la capacidad de recuperación que tuvo la sociedad. Con un crecimiento del 9%, una parte de ese crecimiento va a las arcas del Estado. No sólo se puede tener superávit por la vía de despedir personal, bajar salarios, eso generalmente suele estar, pero lo que es durable es cuando ese superávit tiene como origen un nivel de la actividad económica que les permiten al Estado y al sector privado haber generado suficientes riquezas como para mantener un determinado esquema de políticas sociales.
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—Ese es el superávit por buenas razones, no por malas razones, no por un ajuste insostenible que a la larga termina mal. Una política económica orientada al crecimiento y a la inversión, probablemente tenga superávit fiscal cuando haya exceso de demanda, cuando esté sobrecalentada la economía, y no tener que forzar ese superávit en un contexto de recesión.
—De todas maneras yo diría que hay que tomar determinado tipo de decisiones. Cuando uno empieza a construir el proceso de recuperación después de una crisis, casi seguramente se va a encontrar con déficit fiscal y con la necesidad de empezar a dar señales de re-equilibrio. Todavía la economía no volvió a iniciar, eso viene de una decisión. ¿Y cuál es la decisión? ¿Por dónde ajustamos? ¿Salarios, jubilaciones, deuda? Es fácil de entenderlo.
En general, en Argentina, casi todos los modelos económicos post 70 terminaron ajustando los salarios y las jubilaciones, que a veces no requieren ni siquiera de decisiones o decretos explícitos. Con dejar correr un poco la inflación, hay un proceso de licuación. Ahí fue donde nosotros tomamos la decisión, absolutamente capital, de que ese ajuste lo tenía que pagar la deuda, los acreedores. Claro, ¿qué dicen los más ortodoxos? Bueno, tocó la deuda. ¿Y por qué la deuda no es un instrumento? ¿Así que bajar las jubilaciones a los jubilados y pensionados o bajar los salarios son instrumentos económicos aceptados y válidos y hacer algo con la deuda no? Sobre todo, hacer algo racional.
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—Eso también es parte de lo que uno pone en la balanza.
—No es que por esta decisión de Argentina alguien iba a ganar. Algún individuo puede haberse visto afectado, en Argentina o en el exterior, pero el conjunto claramente no tenía una afectación que le fuera insoportable. Cuando uno decide dónde va a estar el ajuste, crea las condiciones para que la economía empiece a arrancar. Y entonces, cuando la economía arranca, viene el efecto de ingresos sobre las cuentas del Estado. La presión tributaria era del orden del 25% . De cada peso o dólar que uno logra producir, 25 centavos entran en las arcas del Estado. Eso generó una mejora de la situación fiscal muy fuerte, a punto tal de haber llegado a revertir el déficit y convertirlo en superávit.


